martes, 10 de abril de 2012

La Alquimia Eterna y la Gnosis por Jacob Böhme

Jacob Böhme es, sin duda alguna, uno de los más grandes Gnósticos Cristianos. Utilizamos este término para describir una sabiduría basada en una revelación directa y expresada por mitos y símbolos más bien que por conceptos. Tal sabiduría es más bien de tipo contemplativo que discursivo, es filosofía religiosa, es una teosofía.

Este jarro de estaño, símbolo arquetipo de la iniciación, símbolo de la copa del Santo Grial, del Caldero mágico o de la Piedra consagrada, le permite adquirir en adelante esta mirada que penetra los arcanos escondidos de la naturaleza, la firma ocultada de las cosas, las intenciones profundas de la Voluntad cósmica, porque el ser de Jacob ya se baña en una comunión íntima con el Divino.

En 1612, Jacob Böhme comienza a redactar “La Aurora Naciente” para recordar su experiencia espiritual. Pero el pastor protestante calvinista de Görlitz, Martin Moller, miembro de la Rosa-Cruz, que reunió simpatizantes en torno al teósofo no es ya el“Pastor Primarus” de la ciudad. Dejó el lugar a Grégor Richter desde 1606. Éste es un fanático dogmático que va a desencadenar sobre Böhme los rayos de su intolerancia.

Como ocurre a menudo en la historia, el conservadurismo teológico se opone violentamente a las audacias del verdadero pensamiento místico. Con todo, por el ruido del escándalo y la calumnia, el pastor calvinista, queriendo al mismo tiempo denunciar la obra teosofíca de Jacob Böhme va realmente a ser el instrumento principal de la propagación de su mensaje. La obra literaria de Böhme cumple ocho volúmenes, siete escritos los últimos años de su vida: “Los

Tres Principios de la Esencia Divina”, “La Signatura de Todas las Cosas”, “Misterio Magnum”, “Sobre la Eleccíon de la Gracia”, “Cuarenta Preguntas sobre el Alma”, “El Camino hacia Cristo”, “La Triple Vida del Hombre”

Los siete grados de la teología de Jacob Böhme

La teología de Jacob Böhme es una teología del nacimiento de Dios."Yo (ALLAH) era un tesoro escondido, y quería ser conocido, entonces cree a el universo esto para que se Me conociera.", dice la tradición islámica. El nacimiento del Maestro Jesús es, en efecto, un maravilloso símbolo puesto que este nacimiento es a la vez una revelación y una buena noticia. Dios se revela al hombre por su hijo y, según Böhme, el hijo revela el Amor que en el Padre era desconocido. El Avatar manifiesta el deseo del Padre. El Dios que el Hijo revela es en desarrollo de un futuro prometedor, separado de la deidad pura y eterna del Principio. Este Dios se hizo carne en su creación para encontrarse en el consumo del tiempo consciente de sí mismo.

Es en cada uno que debe ahora realizarse esta Gnosis, este nacimiento del Cristo para que se realice el paso de la Nada al Ser, de la Trascendencia absoluta a la Inmanencia. Somos herederos del deseo de autoconciencia de Dios a través del sensible. Y ello, la mística lo realiza por el desarrollo de sus sentidos espirituales y la espiritualización del mundo, para que el Alma Eterna y la Naturaleza Eterna sólo hagan Uno.

Para Böhme, Dios se presenta y se desarrolla según un ciclo septenario que es el ciclo de la manifestación divina. Por ejemplo, encontramos este ciclo septenario en la cosmología de Sri Aurobindo.

Los tres primeros grados del ciclo de la naturaleza eterna se colocan bajo la señal de la cólera de Dios.

En primer lugar la pura deidad sale de sí mismo y aparecen entonces inmediatamente las tinieblas, frutas del deseo. El alma eterna, en primer lugar una respiración, es capaz de sensación.

Es el tercer grado del ciclo septenario, el “gabinete de la angustia”, tiempo de la pendiente a los infiernos de la Pasión o prefiguración de la Pasión del Cristo, que ve el lugar de confrontación de las fuerzas cohesivas y repulsivas, y nos significa que todo nacimiento es, en realidad, un renacimiento y en primer lugar una muerte.
Luego nace la materia del deseo condensado, petrificado, y nace nuestro mundo, Verbo cristalizado. No es el tiempo del Amor, el que triunfará mas adelante con la suavidad.

El cuarto grado de la naturaleza eterna representa la dualidad del Padre y el Hijo.

El séptimo grado reúne la totalidad de la emanación. A este término, los grados no se suceden ya, son simultáneos. Eso significa que se unen el Padre y el Hijo.Entonces, el Hijo enciende la profundidad del Padre. Cuando el ciclo se acaba, que la Luz ilumina la criatura, todo nos parece simultáneo. Es en esta simultaneidad, que esta la imagen de la eternidad, que se manifiesta la unidad de Dios.

Síntesis de la teología de Jacob Böhme

Para sintetizar estos siete grados que conduzcan desde la Nada hasta la Iluminación, podemos decir que toda la teosofía de Böhme explica cómo el fuego se transforma en Luz. El fuego es en primer lugar tenebroso, encerrado en la piedra. Para quemar realmente y proyectar una claridad, es necesario que sea liberado. Y es el relámpago que le permite surgir. Relámpago como el Verbo de Dios (la estrella flamígera en las Logias simbólicas) o un rayo de sol reflejándose sobre un jarro en estaño.

Este fuego devora, absorbe la materia. Es el símbolo del deseo voraz, similar a Cronos que come a sus propios niños. Es un fuego negro, frío y hirviendo como la fiebre que consume el cuerpo.

Al contrario, hay la Luz que se entrega sin compensación y por eso es símbolo de la verdadera vida. La Luz que se da, que se ofrece, simboliza el verdadero deseo, el deseo de Dios. Es la llama de Amor que se eleva hacia Dios y que alimenta la donación total de sí.

El fuego que devoraba se transformó en Luz y el deseo voraz se cambió en este deseo de Amor que es la senda hacia Dios. La aventura del deseo se repetirá en el segundo nacimiento de la criatura.

El nacimiento del Dios de Luz en el ciclo del alma eterna es el modelo del nacimiento de Dios en el hombre. Lo que precedió la teofanía en la esfera de la naturaleza eterna es como una gestación en las tinieblas de una matriz original. Era una fermentación. Ahora bien para Böhme, como para los alquimistas, la muerte es una fermentación, es
decir, una putrefacción que produce la vida. Dios nace como en la obra química.

Los Poderes latentes en el ser humano

He aquí el tema que ocupa la mayor parte de la enseñanza de Jacob Böhme, es el tema privilegiado que eligió tratar y que lo conduce hasta el adelantamiento de los límites del lenguaje. Va bien más lejos que el axioma de la contradicción. Todos los seres se crean en y por el Verbo de Dios y se encuentran reflejados en la palabra humana. Cada cosa posee un “Kraft”, que se traduce en español por un “Poder” o una“Energía”, que está en constante paralelo con el “Kraft” que reside por encima de toda cosa, es decir el Verbo de Dios.

La iluminación de Jacob Böhme

La iluminación de Jacob Böhme se desarrolló en cuatro etapas, durante su vida entera:

A la edad de veinticinco años, se sienta en su habitación y el reflejo del sol sobre un jarro en estaño pulido lo hace caer en éxtasis. Le parece entonces que entiende el fundamento de las cosas. En las plantas y en toda la naturaleza, detecta una divina armonía.

El mismo año, esta primera experiencia se confirma y recibe Luz y conocimiento divino por la observación de la naturaleza sobre la esencia y la virtud de las cosas. Escribe “de SIGNATURA RERUM”. Da las gracias para la alegría de estas experiencias y guarda el secreto.

A treinta y cinco años, su iluminación se continúa, gana en precisión en sus visiones que le dan una impresión de maravillosa Unidad en el Todo. Reconoce su misión de portavoz del divino y escribe para comunicar su Gnosis.

La cuarta etapa es la de su iluminación definitiva y he aquí cómo él mismo la describe: “Yo vi al Ser de todos los Seres, la Superficie y el Abismo; vi también el nacimiento de la Santa Trinidad; el origen y el primer estado del mundo y de todas las criaturas. Vi en mi mismo los tres mundos — el mundo angélico o Divino; el mundo de las tinieblas, el origen de la Naturaleza; y el mundo externo, como una substancia manifestada de los dos mundos espirituales.... En mi interior vi esto muy bien, como en una gran profundidad: pues lo vi directamente en el caos donde todo permanece envuelto, pero no pude hacer revelación alguna. De tiempo en tiempo todo esto florece en mí como el crecer de una planta. Por doce años guardé todo conmigo, antes de poder manifestarlo de alguna forma externa. Hasta entonces, esto se abatió sobre mí, como una carga que mata o que alcanza. Escribí todo lo que pude exteriorizar. La obra no es mía. No soy más que un instrumento del Señor, con el cual Él hace lo que desea”.

Por Michel Gavanier

Extraido de: http://www.scg33esp.org/index.htm

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